viernes, 28 de agosto de 2015

Cuando creí en el "loquero".

La semana pasada fui al “loquero” no se molesten, así les digo de cariño. Era un señor aproximadamente de 40 años, rubio, de mediana estatura y muy tranquilo (supongo que todos los de su especie deben ser tranquilos) nunca he creído mucho en sus terapias psicológicas, de hecho creo más en la farmacología. El consultorio no era nada del otro mundo, sus diplomas enmarcados, un par de pisapapeles, su escritorio con dos sillas, una biblioteca pequeña, un asiento acolchado y la otra cosa que es una combinación entre silla, cama y sofá.
Todo comenzó como una cita de rutina, preguntas cotidianas y nada del otro mundo, sin duda  él se percató inmediatamente de mi incredulidad y mis gestos de desagrado, fue ahí cuando se paró  y me pidió que me pusiera cómoda en su “silla-cama-sofá”. Empezó a decirme cosas y cosas que sinceramente no entendí muy bien, luego comenzó a hurgar en mi vida, el chismografo más largo a decir verdad, le dije que tenía un novio que me amaba mucho pero que yo le hacía sentir triste en ocasiones, que yo subía y bajaba bruscamente de peso, le dije también que  no tenía ni un amigo en el mundo y le conté por todo lo que he tenido que pasar en estos últimos años, mi corazón se empezó a arrugar y mi mirada no se levantaba del suelo, le conté que he pensado en el suicido, que lloro mares, le conté que me parecía increíble como todos mi exnovios, examigos, examigas, excompañeros llevan  una vida increíble pero yo me hundo más y más. Le dije que al parecer eso era genética pues mi mamá también suele tener sus pequeñas crisis, le comenté que la vida siempre busca tratarme a patadas, que hay días en que tengo esperanzas pero siempre sucede algo que termina destrozándolas de nuevo. Le dije que quiero llegar a hacer un santuario de animales porque el dolor de estos seres me parten el alma. Le conté muchas cosas y me guardé otras que absolutamente nadie en este mundo sabe, no sé si un día podré contárselas porque para mí es demasiado duro recordar.
Ayer fui de nuevo a visitar al loquero, le conté que había empeorado y que había faltado a algunas clases solo para dormir más, que estaba de mal genio casi siempre y que había noches que no podía dormir en absoluto, me puso unas tareas para la próxima visita, que tratara de hacerlas así no tuviera mucho tiempo.  Me hizo de nuevo muchas preguntas y finalizó escribiendo en el cuadro clínico “Trastorno distímico”.
Antes de irme me dijo una cosa que sentí como llegó al alma, fue algo más o menos así:

“Tú estás joven y puedes seguir adelante, sé que las cosas no han sido fáciles para ti pero por algo estamos en este mundo, yo te voy a ayudar lo más que pueda pero tienes que recordar que tú también te tienes que ayudar porque yo solo no puedo, tienes una nobleza que pocos en el mundo tienen y  aunque tú no te des cuenta eso es lo que te hace maravillosa”.