jueves, 2 de enero de 2014

Adiós 2013, 2014 siga sin tantas preocupaciones.

Doce meses, doce meses de  lunas llenas, arco iris, lluvias torrenciales, soles insoportables, estrellas fugaces, cielos  grises y hojas de árboles secos.
Cincuenta y dos semanas  en el calendario, vueltas y giros en las manecillas del reloj, día tras día, noches, madrugadas, risas y lágrimas. Todo fue una mezcla de emociones, sentimientos, expectativas, realidades, amor, desamor, amistades, promesas rotas, nostalgia y olvido. Y es que admito que las heridas sanaron y se  convirtieron  en cicatrices, los pedazos de mi corazón volvieron a su lugar, mi cabello se hizo un poco más largo,  adopté nuevas responsabilidades y mi alma volvió a sonreír. Caminé nuevos pasos,  salté a tantos abismos y fue ahí donde preciso aprendí a volar,  hice realidad algunos pequeños sueños y enterré para siempre memorias que hacían daño. 
Un año en que entendí que no  hay que buscar el amor porque simplemente  el mismo tarde o temprano te encuentra,  un año que conocí los abrazos más sinceros y los besos más tiernos e inesperados, donde aprendía  a dejar ir y a querer de la manera más alocada y sincera, manera  en que todos deberían querer por lo menos una vez en su paso por este mundo.
Trescientos  sesenta y cinco días, trescientos  sesenta y cinco lecciones, trescientos  sesenta y cinco errores. En fin... trescientos  sesenta y cinco trozos de vida.




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