Doce meses, doce meses de lunas llenas, arco iris, lluvias torrenciales,
soles insoportables, estrellas fugaces, cielos grises y hojas de árboles secos.
Cincuenta y dos semanas
en el calendario, vueltas y giros en las manecillas del reloj, día tras
día, noches, madrugadas, risas y lágrimas. Todo fue una mezcla de emociones,
sentimientos, expectativas, realidades, amor, desamor, amistades, promesas
rotas, nostalgia y olvido. Y es que admito que las heridas sanaron y se convirtieron
en cicatrices, los pedazos de mi corazón volvieron a su lugar, mi
cabello se hizo un poco más largo, adopté nuevas responsabilidades y mi alma volvió
a sonreír. Caminé nuevos pasos, salté a
tantos abismos y fue ahí donde preciso aprendí a volar, hice realidad algunos pequeños sueños y
enterré para siempre memorias que hacían daño.
Un año en que entendí que no hay que buscar el amor porque simplemente el mismo tarde o temprano te encuentra, un año que conocí los abrazos más sinceros y
los besos más tiernos e inesperados, donde aprendía a dejar ir y a querer de la manera más alocada
y sincera, manera en que todos deberían querer
por lo menos una vez en su paso por este mundo.
Trescientos sesenta y cinco días, trescientos sesenta y cinco lecciones, trescientos sesenta y cinco errores. En fin... trescientos sesenta y cinco trozos de vida.

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