"Margarita, extraña, etérea, difusa, brumosa, efímera Margarita: yo
quería ser libre, quería volar y de dejar de sentir, de pesar. Quería alas: unas
alas como las de los demonios que tengo adentro, unas alas Margarita que me
permitieran elevarme tanto, tan lejos de todo, tan arriba, pero tan arribota,
que ni el mismísimo Dios pudiera alcanzarme, así con las alas, esas que ¡carajo! Por humano
no tengo, como Ícaro, me iría yo para el sol y allá, entre llamas me quemaría.
Esperando por favor, por caridad, que el fugo del sol quemase y matase de mí
eso que aquí adentro hace desgraciados estragos.
¿Sabes Margarita? He fumado como
no imaginas, uno tras otro, tras otro. Debo pesar más por el humo que tengo
adentro que por mis tripas retorcidas. Pero Margarita, mi Margarita querida,
¿qué más hago? Si el humo, sólo el humo puede ahogar en mi a las arañas que me
recorren, a los ratones que me muerden, a las serpientes, a las serpientes
Margarita que me envenenan el alma y se me comen las ganas de vivir.
Mientras fumaba tomaba un café
que me acompañaba, y Margarita, ahí, en un jardín todo triste, todo roto,
estabas tú. Y en mí, al imaginarte hubo
paz, hubo calma, pude, como no lo he hecho ya hace tanto, tantísimo tiempo, ver
al cielo y dejar que la lluvia refrescara mi cuerpo y lavara de a poco las
paredes que encierran las ganas de hacer algo bueno por mi o por los otros. NO
te miento, de mi salía barro y de a poco, bajaba para irse por el sifón.
Margarita, no te asustes, pero
tengo tantas, tan abrumadoras ganas de no existir, si te soy sincero, cosa rara
en mí, quisiera morirme a veces. Pesa tanto lo que tengo adentro, que no se si
tenga de seguir voluntad, de luchar, de resistir, de aferrarme a algo que me
haga pensar en que lo bueno será posible. Para mí, roto, dañado, echado a
perder como estoy, no hay ya nada que haga que crea, que Margarita, tenga
ganas.
Sin embargo, escribirte me
mantiene a salvo, ya te dije, tranquilo, en paz, porque si bien, físicamente no
estás, en mis palabras, las que aquí te
escribo, o las que te digo en la mente,
esas que me salen del alma, del
corazón, trato de buscarte Margarita, de traerte a mí, de invocarte, de
perderme en ti, de llenar mi soledad de lo que de ti imagino: de tu olor, que
ha de ser como a fresas, de tu voz, de la forma de tus manos, de tu cara, tu
cara Margarita mirándome, perdiéndose en mí y yo en ella, en las constelaciones
de tu blancura, en esa galaxia que en ti forman los lunares, en el brillo de
tus ojos, en el rojo de tus labios, en esa belleza tuya, esa magia que tienes,
ese sortilegio que me echas, que sobre mi conjugas y que hace, como pocas cosas
que sin estar, sin estar tu Margarita, esté yo contigo.
Contra ti pongo mi cara, en tus
hombros descanso y me desconecto, me elevo, me desvanezco. Puedo como no lo hago
nunca, dejar que de mi salgan los fantasmas y tú los cases y los mates. Puedo
dejar que me exorcices, que me limpies Margarita y me ayudes a llorar porque no
puedo. Y no puedo porque estoy dañado, algo dentro se pudre tan rápido, tan
vertiginosamente que la máquina de hacer lágrimas se ha quedado sin aceite, no
funciona, se traba la maldita, se queda a medias, a duras penas si deja que las
ganas de llorar me lleguen a la garganta y ahí se quedan las muy infames
lágrimas, de ahí no salen. Entre boca y estómago forman un nudo, una masa, que
no deja que nada pase, ni el aire y ya ni respirar profundo puedo porque algo
contiene el aire, algo evita, ya te dije que respire, y así el espíritu queda
sin luz. Y Margarita, me falta el aire, me faltan las ganas, me falta la
convicción, y a veces me faltas vos. Toma mi mano, sálvame del abismo, sálvame
Margarita de mí mismo."
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