jueves, 30 de mayo de 2013

Y ya no sé que hacer conmigo..

Me duelen, me duelen los ojos de tanto llorar. Hace mucho no lloraba de tal manera y mucho menos dejando que un montón de desconocidos me vieran y lloré, lloré sin vergüenza como si mi alma se quisiera salir por mis enormes ojos, yo solo peinaba los rizos castaño de mi cabello descuidado y mis lágrimas humedecían todo mi rostro y la portada del libro que estaba leyendo. Varias personas me observaban detenidamente y la verdad no fue difícil adivinar  que en sus retorcidas mentes deambulaban frases como: “Está demente” y “Pobre niña, no debe tener a nadie” pero sus miradas no me incomodaron, en ese momento yo sentía que era la única persona en el mundo.
Y todo se me vino de golpe, todas las angustias y pesadillas me invadieron al escuchar esa terrible noticia que me dejó fría…  tan fría como un cadáver. Mis manos no dejaban de temblar… parecía una paciente con Parkinson avanzado. Mis ojos se cristalizaron y  mi cabeza empezó a doler como cada día, entonces no podía dejar de llorar y por eso odio llorar ¡maldita sea! Como odio hacer lagunas, ríos, mares y océanos con mis lágrimas porque después se me es imposible parar y en mi maleta nunca cargo kleenex.
A veces en noches lluviosas como esta me gusta imaginar que allí afuera hay alguien que se siente tan roto como yo. Alguien que quizá pueda reconocer mi rostro después de haber llorado, porque nadie lo nota, nadie excepto aquellos ojos de madre, pero ella ya tiene tantos problemas y no sería justo angustiarla más.

No sé cómo alegrar mi vida, se me esfuman las esperanzas y la felicidad ahora parece tan lejos para mí.


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