Me duelen, me duelen los ojos de tanto llorar. Hace mucho no
lloraba de tal manera y mucho menos dejando que un montón de desconocidos me
vieran y lloré, lloré sin vergüenza como si mi alma se quisiera salir por mis
enormes ojos, yo solo peinaba los rizos castaño de mi cabello descuidado y mis
lágrimas humedecían todo mi rostro y la portada del libro que estaba leyendo. Varias
personas me observaban detenidamente y la verdad no fue difícil adivinar que en sus retorcidas mentes deambulaban
frases como: “Está demente” y “Pobre niña, no debe tener a nadie” pero sus
miradas no me incomodaron, en ese momento yo sentía que era la única persona en
el mundo.
Y todo se me vino de golpe, todas las angustias y pesadillas
me invadieron al escuchar esa terrible noticia que me dejó fría… tan fría como un cadáver. Mis manos no dejaban
de temblar… parecía una paciente con Parkinson avanzado. Mis ojos se
cristalizaron y mi cabeza empezó a doler
como cada día, entonces no podía dejar de llorar y por eso odio llorar ¡maldita
sea! Como odio hacer lagunas, ríos, mares y océanos con mis lágrimas porque
después se me es imposible parar y en mi maleta nunca cargo kleenex.
A
veces en noches lluviosas como esta me gusta imaginar que allí afuera hay
alguien que se siente tan roto como yo. Alguien que quizá pueda reconocer mi
rostro después de haber llorado, porque nadie lo nota, nadie excepto aquellos
ojos de madre, pero ella ya tiene tantos problemas y no sería justo angustiarla
más.
No sé
cómo alegrar mi vida, se me esfuman las esperanzas y la felicidad ahora parece
tan lejos para mí.

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