miércoles, 13 de marzo de 2013

Madrugadas.

"Algunas madrugadas, ebria de insomnios, le daba por subir al tejado, con café en mano y filosofar sobre su paradero; los pensamientos rebotan en su mente de un lado para el otro, formando círculos incoherentes - por lo tanto, no había posibilidad de que uno solo se estancase -, crujía sus dedos de ansiedad y se sentaba a esperar el alba. Para cuando la gama de rojizos surcaba el cielo del este, su mente se encontraba agotada y ella, con la piel fría y los ojos húmedos, soltaba un suspiro que parecía decir “Te extraño” o algo parecido. Pero claro, era una locura; no se podía extrañar a quien se tenía a un lado" —


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