"No era necesario enviarle recados a diario, como tampoco lo era llamarnos. Podíamos pasar largas estancias de tiempo sin saber nada del otro pero cuando la necesitaba ella estaba ahí para mí con un palabra de aliento, también hacía lo mismo cuando era al contrario: conocíamos nuestras voces de tristeza y no era necesario que el otro le dijera que se sentía mal, que la vida estaba siendo hija de puta en ese momento porque lo entendíamos."

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