¿Sabes todas esas veces que te digo que no me pasa nada, que estoy bien? Esas son las veces que peor estoy. Las que a lo mejor estoy llorando por dentro, pero sonrío por fuera. Las que intento aparentar que todo va bien, porque no quiero que veas lo que has hecho. Que veas que me creí todas esas mentiras preciosas que solías decirme, que veas que me hacías sentirme alguien diferente, alguien especial, cosa que no me pasa casi nunca. Que veas que llegué a quererte por encima de los límites, y que lo sigo haciendo. Que veas que todos mis juegos favoritos eran contigo. Que me encantaba jugar a imaginar un futuro los dos juntos, que me encantaba jugar a sentirme pequeña, a sentirme princesa. Que incluso me encantaba pelearme contigo, me encantaban esas discusiones que nunca llegaban a durar veinticuatro horas, y que me hacían estar segura de que siempre iba a ver un “perdón” y una reconciliación.
Y la verdad es que no puedo negarlo. Amaba todas y cada una de esas cosas, de nuestras cosas, o por lo menos de las que lo eran. Sí, con todas esas cosas llegaste a enamorarme. No sé si era lo que pretendías desde el principio, o si no te diste cuenta, pero el caso es que lo hiciste, y que me hiciste muchísimo daño. Que llegaste a ser la causa de mis lágrimas una noche tras otra, que llegué a odiarte de tanto que te quería, que me hiciste imposible olvidarte.
¿Y ahora qué? Ahora yo estoy sola, rota, echando de menos cuando no éramos nada, pero éramos felices, cuando me despertaba feliz porque nada más abrir los ojos leía un “buenos días hermosa” o un “buenos días mi chica”, cuando eras capaz de hacerme feliz mientras lloraba, cuando se supone que compartíamos un cuento. Uno raro, sin principio, sin princesa perfecta y sin príncipe enamorado, pero un cuento al fin y al cabo. Y no uno cualquiera. Mi cuento favorito.
Pero ahora ya se ha acabado. Ahora creo que si no se puede pasar página, toca cerrar el libro. Ese tan extraño que empecé a escribir hace unos meses, y que era una historia para dos, que se ha quedado medio vacía...

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